EL BARROCO POPULAR SEVILLANO.

La Sevilla del siglo XVII es una ciudad que ya vive la crisis económica y política que hundirá al imperio español, pero también conoce un esplendor artístico muy brillante que hace que este periodo sea conocido como el Siglo de Oro. Los pintores barrocos sevillanos reflejan la vida de su ciudad incluso en temas religiosos, retratando personajes del pueblo, pobres y mendigos. Abundan los temas escabrosos relacionados con la muerte, la brevedad de la vida , la fugacidad de lo mundano, etc. Hemos seleccionado obras de tres destacados pintores de esta época: Murillo, Zurbarán y Valdés Leal.

BARTOLOMÉ ESTEBAN MURILLO.

Murillo (1.617-1.682) fue un destacado pintor barroco del siglo XVII, contemporáneo de Velázquez.

Aún contando con todas las características propias del barroco, Murillo añade una muy personal: la gracia, el salero y donaire con que adorna y enriquece todas sus obras. Partiendo de la dura realidad de la España de la época (pobreza, miseria, enfermedades, niños abandonados) Murillo embellece este panorama y lo hace amable.

Es muy sentimental y eso se ve en sus obras. Triunfó enormemente en Sevilla, su ciudad, y en toda España, haciéndose muy popular puesto que sabe conectar con los gustos y preferencias del pueblo. Él lo humaniza todo, incluso lo religioso, santos y personajes divinos aparecen como hombres y mujeres normales de la calle, son de carne y hueso. Si a esto añadimos unas atmósferas cálidas y doradas, obtenemos ese cocktail de ambiente místico y espiritual arropando a personajes corrientes como cualquiera de nosotros. Por eso sus cuadros atraen y cautivan, tocan nuestra fibra sensible.

En su primera época, influído por Velázquez, pinta unas espesas sombras rodeando vaporosas imágenes, lo que origina cierto "tenebrismo" (fuerte contraste luces-sombras).

Como buen sevillano, se conformó pronto con el éxito y la suficiencia económica, lo que le llevaba a relajarse y a confíar la terminación de muchas de sus obras a aprendices de su taller.

Pintó sobre todo cuadros religiosos como sus celebérrimas Inmaculadas. Pero también fue genial al retratar niños, a los que amaba y reflejaba con ternura. Le gustó asímismo la pintura costumbrista, visitaba barrios pobres sevillanos para inspirarse en pobres y mendigos, a los que pinta con gran sensibilidad. Ellos sonríen y llevan dignamente su miseria. Para Murillo todo es bueno y tiende a Dios, por lo que es capaz de ver la parte positiva incluso en lo más sórdido.

Muchos de sus cuadros cuelgan en museos extranjeros porque sus temas costumbristas apasionaron a los europeos del XVII y XVIII , especialmente ingleses y alemanes.

SAGRADA FAMILIA DEL PAJARITO.

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En este óleo pintado en 1.650 nada aparece como divino o celestial, es una escena familiar, un hogar feliz con una deliciosa estampa cotidiana. El niño Jesús y el perrito se comunican con complicidad mientras San José coge al niño con ternura y delicadeza, mostrándose protector y vigilante como buen padre.

Algo apartada está la Virgen María, que hace un alto en sus tareas (hilar y tejer eran consideradas actividades típicas femeninas y símbolo de las virtudes de la mujer) para contemplar divertida y satisfecha a su marido e hijo mientras se come una manzana.

El colorido es escaso y contenido pero la luz ofrece un potente foco proveniente de la izquierda que ilumina frontalmente al niño, al perrito y los rostros de la Virgen y San José, pero deja en acusada penumbra el fondo, en un contraste muy barroco.

San José está muy destacado en el cuadro porque en aquel tiempo era objeto de especial devoción, se le consideraba la personificación de la generosidad, abnegación y discreción.

Como alarde técnico destacable, la rueca está girando (fíjate en el hilo) , algo muy difícil de representar en óleo. Detrás de San José aparecen la mesa, el taburete y sus instrumentos de trabajo de la carpintería. Por cierto, ¿ dónde está el pajarito?.

NIÑOS DE LA CONCHA.

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En este otro óleo, pintado entre 1.670 y 1.675, vemos dos niños de hermosura idealizada pero muy naturales. Es un cuadro famosísimo de Murillo. Cristo niño da de beber en una concha a San Juan Bautista y señala hacia la luz, de donde surgen angelotes fundidos con las nubes.

El trágico fin que espera a los dos niños (uno degollado y el otro crucificado) está simbolizado por los negros nubarrones del fondo. Desde luego Cristo y San Juan Bautista no se conocieron hasta el episodio del bautismo en el río Jordán, cuando ya eran adultos, pero el rigor histórico nunca le quitó el sueño a Murillo.

Puedes ver la expresión "ecce agnus dei" (este es el cordero de Dios) en la cinta de la cruz de San Juan, así como un corderito regordete, símbolo de Cristo y compañero de juegos de los dos chiquillos, hace el mismo papel que el perrito del cuadro anterior. Esta combinación de realidad tangible y ambiente espiritual es la principal razón del atractivo y popularidad de Murillo.

VALDÉS LEAL.

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Tal vez el más exaltado pintor barroco español y el que refleja temas más macabros, esqueletos apagando vidas, pudrideros de cadáveres, etc.

Utiliza colores muy vivos, movimientos frenéticos y gran teatralidad en sus obras. Aquí te ofrecemos "Las tentaciones de San Jerónimo", quien se dirige a su oratorio de manera fervorosa para rezar al crucificado, a la Biblia y con la calavera muy presente para no olvidarse de que, como ser humano es mortal y efímero. Las damas que le tientan muestran riquezas, sensualidad, lujo y placeres, tentaciones a las que él no quiere ni contemplar.

ZURBARÁN.

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El llamado "pintor de los frailes" por su atención a esta temática, nos narra en este "San Hugo en el refectorio" el milagro que aconteció en un monasterio cuando los monjes tenían carne para comer y se suscitó la controversia sobre si debían comerla o practicar la abstinencia. Tanto tiempo estuvieron discutiendo sobre estas dos posibilidades que quedaron profundamente dormidos siendo despertados días después por San Hugo, quien les mostró que la carne se había convertido en ceniza y ya no se podía comer. Todos interpretaron el hecho como la manifestación de la voluntad divina sobre la necesidad de abstinencia y sacrificio.

Zurbarán es un maestro en la plasmación del ascetismo y misticismo en sus telas y, como buen sevillano, gusta de acercar los temas religiosos al costumbrismo popular.