Tal vez te sorprenda el título de la presente exposición pero te van a sorprender más las condiciones en las que vivían nuestros antepasados.
A pesar del conocido verso de Jorge Manrique "Cómo, a nuestro parecer, cualquier tiempo pasado fue mejor", no siempre es cierto. En ocasiones idealizamos el pasado y lo añoramos como perfecto en contraposición a un presente con dificultades y problemas. Eso es así porque la mente conserva lo bueno y agradable y olvida lo malo.
En épocas pretéritas las personas vivían una media de 25 años, los niños morían masivamente, bien al nacer, bien en sus primeros años de vida. Las enfermedades solían ser mortales ante la ausencia de medicamentos y de profesionales de la medicina, la presencia de epidemias solía diezmar a la población cada cierto tiempo, así la peste de 1349 se llevó por delante a un tercio de la población europea al no aislar los focos de contagio. La higiene era casi inexistente y las ciudades eran sucias, todo se vertía a la calle: basuras, inmundicias...Las ratas campaban a sus anchas y las pulgas, piojos y demás animales indeseables eran numerosísimos.
Todo aquél que tuviese un problema físico con él se quedaba lo que hace aparecer en los cuadros a una auténtica legión de tullidos y minusválidos.
A este cuadro tenebroso cabe añadir las durísimas condiciones de trabajo, la ausencia de derechos, la represión terrible (civil y religiosa) y el miedo permanente causado por la incultura, la ignorancia y el analfabetismo, lo que originaba la creencia en brujería, cosas diabólicas, conjuros...
Este es un cuadro de los de observar con tiempo y paciencia para descubrir sus detalles. Se trata de un tema conocido: el enfrentamiento entre dos principios antitéticos: el placer y la renuncia a él, personificados por Carnal y Cuaresma.
Es en realidad una recreación del calendario religioso ya que antes de emprender la cuaresma con ayuno, abstinencia y renuncias, nos desmelenamos en Carnaval, fechas en que los excesos parecen permitidos.
Brueghel estructura la escena entre los dos bandos enfrentados, a la izquierda aparece Don Carnal, muy gordo y montado en una cuba, seguido de sus discípulos, en un ambiente de fiesta y jolgorio. Están disfrazados, cantando, riendo y jugando. Todo lo contrario sucede en el lado derecho: Doña Cuaresma, representada como un anciano famélico es seguido por un grupo de personajes hambrientos, tullidos, ciegos, incluso algún cadáver.
Mientras Carnal lleva un super-pincho de cerdo para comérselo, Doña Cuaresma lleva dos escuálidas sardinillas. Según algunos críticos de arte, los seguidores de Don Carnal serían los protestantes y los de Doña Cuaresma los católicos.
Justo en el centro del cuadro, un bufón guía a dos adultos con una antorcha encendida a pesar de estar en pleno día. Sería la alusión de Bruegel a que el mundo está al revés y los humanos llenos de contradicciones.
Al fondo contemplamos una ciudad con gran lujo de escenas costumbristas, como por ejemplo transporte de cadáveres, juegos varios, venta de pescado, sacando agua de un pozo, monjas saliendo de la iglesia, bebedores callejeros, tabernas, panaderías, músicos...y tullidos.
Conocida escena que refleja una enfermedad hoy curable pero en aquellos tiempos (siglo XVI) no. Ribera se fijó en un caso real: a la señora representada, al tener su cuarto hijo, le cambió su metabolismo y le salió barba. Así la escenita no tiene desperdicio: marido y mujer con barbas pobladas, y ésta última con un seno descubierto dando de mamar a su último retoño. Como en todo cuadro barroco hay un fuerte contraste de colores vivos y una exagerada luz artificial destacando los personajes mientras el fondo presenta un negro profundo.
Ribera pasó casi toda su vida en Italia y de ahí su alias y se le conoce por ser el máximo representante del tenebrismo, es decir contrastes impactantes de luces-sombras y escenas sombrías.
Millet fue un pintor francés del siglo XIX caracterizado por pintar siempre escenas de paisajes con figuras que desprenden un cierto aire pesimista. Las personas nunca miran de frente, siempre aparecen cabizbajas, resignadas a una vida arrastrada, sin perspectivas ni esperanza. Millet utiliza una paleta de colores predominantemente ocres y una luz natural bastante especial.
En un mundo rural atrasado, vemos a estas mujeres en postura muy incómoda recogiendo paja de un trigal recién segado. Al fondo los carros y los montones de trigo, listos para ser llevados a la era. No vemos maquinaria y el trabajo se hace de forma manual en su totalidad. La exigencia física de estas tareas junto con la mala alimentación y la ausencia de cuidados hacían que las personas envejeciesen rápidamente.
Tal vez sea éste el cuadro más conocido de tema infantil del famoso pintor sevillano. Dos mozalbetes están sentados comiendo fruta. Son sin duda niños abandonados de los muchos que pululaban por la Sevilla de la época, azotada por la crisis económica. Las calles estaban atestadas de chiquillos pobres y abandonados por sus familias que se ganaban la vida mendigando o robando. Observa cómo los dos pilluelos están devorando el melón y las uvas con verdadera ansia, van vestidos con harapos y están tirados en la calle. Muestran un gesto de pillines y golfillos en sus miradas chisporroteantes y puedes ver sus uñas negras, pies sucios y aspecto desaliñado. Como curiosidad, hay varias moscas en el melón y el niño del moflete hinchado acaba de escupir una pipa que vuela por el aire.
Murillo utiliza un fuerte contraste luces-sombras y un predominio de tonos ocres. Es un cuadro naturalista porque muestra la realidad tal como es, con sus imperfecciones y fealdades. Murillo hace gala de una extraordinaria sensibilidad al pintar a los chiquillos con una gran dignidad y con un cariño exquisito que nos hace cómplices de sus andanzas y nos mueve a una sonrisa comprensiva.
Francisco de Goya también se acordó de los niños en sus cuadros. A pesar de su pobreza y su aspecto desaseado y enfermizo, Goya los retrata con cariño y dulzura, con expresiones divertidas y actitudes lúdicas.
Tres mozalbetes se organizan para que uno pueda trepar al árbol. Sus ropas deshechas y sucias y el ir descalzos revelan su nivel económico. Además, el que está a cuatro patas ha perdido el pelo, algo frecuente en la época y ocasionado por la desnutrición. Un paisaje difuminado enmarca la escena y los colores suaves del fondo contrastan con los oscuros del árbol y del atuendo de los chiquillos.
Goya pintó varios cuadros con este tema y éste es uno de pequeño formato pero muy ilustrativo. Un círculo de mujeres con sus hijos pequeños rodea el macho cabrío, es decir, el diablo. La escena es tétrica ya que un niño yace muerto a la izquierda y otro es exhibido por su madre al demonio mostrando un aspecto cadavérico. La señora de la izquierda al fondo porta varios fetos humanos colgando de un palo. Sólo la señora de arriba a la izquierda ofrece a Belcebú un niño sano y rollizo.
Goya refleja todo de forma genial: progresivo difuminado de figuras en la distancia, magistral distribución de luces y sombras, amanecer tras la cabeza del diablo y expresiones alucinadas. El macho cabrío cuyos cuernos enormes llevan hojas adheridas recibe las ofrendas humanas encantado.
La ignorancia y el fanatismo religioso forman un peligroso cockail.
La serenidad y el recogimiento presiden los cuadros de este fantástico pintor barroco holandés. En este caso una sirvienta prepara los alimento en la cocina, puedes ver la leche, el pan y sus recipientes. Vermeer resulta perfecto a la hora de pintar superficies y calidades, fíjate en la jarra, la porcelana, la ventana, las ropas, la cestería y la luz, esa luz primorosa que desde la izquierda baña la estancia y nos enseña las manos enrojecidas, el rostro paciente y la pared mal pintada.
Vermeer utiliza también una gama prodigiosa de colores, pero destacan el azul y el amarillo.
Las sirvientas de las casas burguesas de la Holanda del siglo XVII residían en la casa de sus señores y sólo recibían a cambio de un trabajo agotador durante toda la jornada alimento y cama.
Cuadro de juventud (etapa sevillana) de nuestro gran Diego Velázquez. Tres personajes en planos sucesivos, progresivamente difuminados se recortan frente a un fondo negro. El aguador aparece de perfil con un gesto de dignidad propio de una persona que ha sufrido mucho en la vida, mira hacia abajo y presenta una tez castigada por el tiempo y las carencias. Va vestido con un jubón roto y viejo y vende agua que extrae de una gran tinaja para servirla en una copa dando de beber al cliente, que le paga este servicio con una pequeña cantidad de dinero. El niño recibe la copa y se dispone a beber, algo que ya está haciendo el caballero del fondo.
El pincel de Velásquez resulta milagroso reflejando las calidades y las texturas de los objetos como el cristal de la copa recortado sobre el negro de la chaqueta del chico, la camisa de seda del aguador y su jubón de tela gruesa, así como los brillos tenues de la jarra y la tinaja.
El contraste lumínico es brutal mientras los colores manifiestan un predominio de la gama de ocres.
Escena curiosa y con indudable gracia, como todas en El Bosco, en la que aparecen cuatro personajes súmamente llamativos. La leyenda escrita en el cuadro dice: "Saca fuera la piedra. Mi nombre es Lubbert Das". Este supuesto nombre puede traducirse por "bajito y castrado" o según algunos sería el equivalente en Flandes a persona simple y boba. Analizando uno por uno los personajes, de izquierda a derecha tenemos un supuesto cirujano que opera brutalmente al paciente extrayéndole la "piedra de la locura". Va ataviado con traje largo y un embudo en la cabeza. De su cinturón cuelga una bolsa de dinero.El siguiente es el paciente intervenido, con cara de simplón, paticorto y barrigudo, que se deja hacer. Otro es un fraile, que habla al paciente y sostiene una jarra. Por último, apoyada sobre una mesa está una religiosa con su hábito que observa la intervención quirúrgica entre aburrida y curiosa y sobre su cabeza mantiene un libro cerrado. Todos estos elementos son una clara denuncia de la credulidad de algunos y del descaro de otros para ganar dinero a costa de esa credulidad, sazonada de ignorancia y fanatismo. El crédulo es el operado, que cree que le van a curar la locura sacándole una piedra del cerebro. Su bolsa de dinero está atravesada por un puñal (significa que está siendo estafado). El "cirujano" tiene su bolsa bien rellena (ha ganado dinero mediante el engaño al tonto) y el embudo del revés simboliza que sólo recibe, no da (a cambio de no hacer nada realmente, cobra una suma de dinero). El fraile, cómplice del timo, implica a la Iglesia en la fabricación de falsas creencias, miedos y misterios para obtener beneficios económicos de los ignorantes. La religiosa, sostiene el libro cerrado, símbolo de la incultura y la desinformación, también lleva una bolsa colgada.
Si te fijas bien, la piedra no es tal, sino un tulipán negro, al igual que el que hay sobre la mesa y es el símbolo del dinero, es decir, al crédulo se le saca el dinero.
El Bosco denuncia así las creencias populares absurdas y acientíficas que permiten a desaprensivos aprovecharse y enriquecerse. ¿ No nos suena esto familiar actualmente con respecto a videntes, adivinadores, sanadores, visionarios y otros especímenes que dicen adivinar nuestro futuro mediante métodos ridículos?