Si hay un elemento que varía sustancialmente nuestra percepción de las cosas es, sin duda, el espejo. Al reflejar todo lo que se pone delante de él, modifica la sensación espacial, nos parece que el espacio donde nos encontramos es el doble de grande de lo que en realidad es. Además, da la sensación de haber espacio detrás de él cuando ya sabemos que no es así. Entra así en contradicción nuestro sentido de la vista (engañado por el espejo) y nuestro sentido espacial. Cuando nos miramos al espejo no vemos en realidad nuestro verdadero aspecto sino un reflejo que no se corresponde exactamente con como nos ven los demás; en el espejo el lado izquierdo lo vemos a la derecha y viceversa. Para que te des cuenta de lo engañosos que son los espejos, recuerda si has entrado alguna vez en la atracción de feria "la casa de los espejos", donde la gente se da trompazos contra los espejos pensando que hay espacios libres. Otro ejemplo: en una estancia muy pequeña, colocando un espejo grande cubriendo toda la pared nos dará la sensación de que la estancia es mucho más espaciosa. Incluso, descendiendo a lo morboso, es conocida la atracción que suponen los espejos para el juego sexual.
En pintura es el Barroco el estilo que empleó masivamente los espejos en sus cuadros ya que durante esta etapa del siglo XVII les encantaba la sorpresa, el engaño visual y los contrastes.
En esta exposición recogemos cuadros de pintores famosos cuyo denominador común es mostrar espejos que introducen engaño y sorpresa. ¡ disfrútalos!.
En su denominada etapa azul, Picasso utiliza predominantemente este color para reflejar escenas de personajes solitarios y tristes, maltratados por la vida y las circunstancias. Son saltimbanquis, arlequines y payasos, gentes del espectáculo y el circo. Aquí vemos un arlequín observándose en el espejo, colocándose el sombrero y recreándose en su soledad. Es un cuadro figurativo muy típico de la primera etapa del pintor. El azul domina los fondos y se trasluce una sensación indefinida de tristeza y soledad.
El espejo se convierte en esta escena en un interlocutor del personaje, el arlequín habla y se comunica con el espejo, se sincera con él y reflexiona sobre su vida y sus problemas observándose de un manera concentrada y meditabunda.
Bacon (1909-1992) es el pintor característico de la corriente denominada nueva figuración europea tras la guerra. En realidad es una parte del informalismo, que tuvo mucho éxito en todo el mundo.
Bacon reivindica el aspecto informe de la materia huyendo de formas artísticas concretas. Es la plasmación de un periodo histórico angustioso, con una Europa destrozada por la guerra y afrontando el difícil trago de la posguerra.
Los cuadros de Bacon muestran aspectos repulsivos del cuerpo y el rostro humanos, con brutales deformaciones y cambios de color, llegando a veces a pensar que nos encontramos ante figuras de cadáveres. Otras veces, Bacon partiendo de cuadros antiguos, los reinterpreta según su particular visión. Son conocidas sus versiones sobre el retrato de Inocencio X de Velázquez.
Una obra muy representativa de Bacon con un caballero trajeado en postura informal sentado en una silla de trabajo y volviéndose en un poderoso escorzo para autocontemplarse en un espejo situado detrás. En ese espejo la cabeza aparece troceada y el rostro muestra unos colores típicos de un cadáver en descomposición.
El espejo juega es este cuadro una función clave: nos enseña el rostro del personaje que de otro modo no veríamos ya que está vuelto hacia atrás. Esto mismo hicieron autores barrocos como Velásquez retratando todos los puntos de vista posibles de una persona valiéndose de un espejo.
Es la única obra conservada de Velázquez en la que aparece una mujer desnuda, pero hubo otras, hoy perdidas. Parece que representa a la esposa del Marqués de Eliche y por eso tendría el rostro difuminado, para no ser fácilmente reconocida.
La elegancia y la belleza que se desprenden de esta obra son indescriptibles. Velázquez pinta un bellísimo y sensual cuerpo en una preciosa postura sobre unas telas, blanca por debajo, y negra por encima, contrastando con el tono blanco-nacarado de la venus y realzando su belleza. El cortinaje rojo subraya el fuerte erotismo de la escena. Cupido (dios del amor) sostiene el espejo donde se contempla la venus y en el que apreciamos su rostro, produciéndose con este ardid una visión total de la diosa aunque la miremos de espaldas. El dios del amor es un niño alado y desnudo que tiene las manos atadas por un lazo de cinta rosa que está sobre el espejo, tal vez aluda a la atadura del amor que somete a Venus.
En 1914 una sufragista inglesa le dio siete puñaladas al cuadro, tal vez protestando contra la exibición del cuerpo femenino; tan injustificable acto no merece comentarios. Una curiosidad: en el espejo no deberíamos ver el rostro sino el cuerpo de Venus, es otro recurso barroco para resaltar lo que interesa aunque falsee la realidad.
El tema del cuadro parece trivial, la infanta y sus damitas de compañía (meninas en portugués) irrumpen en el estudio de Velázquez, pintor de cámara del rey Felipe IV, que se encuentra pensativo y observa los modelos que se dispone a pintar. Nosotros podemos ser esos modelos ya que somos contemplados por Velázquez. Sin embargo, los reyes Felipe IV y Mariana de Austria, a quienes vemos reflejados en el espejo del fondo, son las personas que el pintor retrata.
Colgado en la pared está este espejo que refleja la luz y donde el rey y la reina aparecen con un cortinaje rojo. No sabemos si están quietos posando para Velázquez o si entran en ese momento en la habitación.
Nuestros sentidos son burlados por Velázquez al involucrarnos en la escena de varias formas: las figuras reflejadas en el espejo (en realidad los reyes) son lo suficientemente borrosas como para que nos sintamos reflejados nosotros, además Velázquez nos mira con la paleta y el pincel como si nos estuviese pintando, todo ello, junto con el potente chorro de luz del primer término (de procedencia misteriosa), el suelo que se nos viene encima y el lienzo cortado terminan por confundirnos y provocarnos la ilusión de nuestra presencia entre los personajes pintados.
Como ya hemos apuntado, el espejo es la burla espacial por antonomasia, nos engaña y confunde, crea espacios ilusorios y, si te colocas de espaldas y miras el cuadro con un espejito, te llevarás una sorpresa por el efecto fuertemente realista que produce. Cuando contemplas el cuadro directamente, tu vista es dirigida hacia el fondo y el espejo te devuelve la imagen. Así se crea una interrelación tan estrecha entre lo pintado y lo real que resulta difícil distinguirlos.
Un bellísimo salón palaciego encuadra otra clase impartida por el viejo profesor con bastón (para marcar el ritmo). Suelo de madera y verde en la pared caracterizan el salón, cuyo gran espejo transforma el espacio percibido, reflejando la ventana y el paisaje urbano a través de ella, de este modo vemos lo que no podríamos ver sin el espejo, la calle, la otra sala, las bailarinas vistas desde otro punto de vista, etc.
Las chicas ensayan, se componen el vestuario o esperan en los escalones del fondo con sus madres, que las acompañan. La atmósfera es muy fácilmente captable por el espectador, dando incluso la sensación de poder moverse entre las bailarinas. De nuevo Degas usa la técnica fotográfica de cortar cuerpos y objetos para impresionar con la inmediatez y fugacidad de la toma.
Prodigio de representación detallista este interior del café del conocido cabaret parisino. Manet fue adoptado por los impresionistas como su líder por ser el de mayor edad entre todos ellos y haber sufrido la censura y prohibición de algunos de sus cuadros por parte de las instituciones políticas del segundo imperio francés. No obstante, Manet no es un verdadero impresionista ya que usa el negro, pinta interiores y perfila con contornos marcados.
El espejo juega un papel importante en esta obra, a través de él podemos ver la totalidad del café, aunque la protagonista sea la camarera, una modelo profesional llamada Suzon. La barra tiene botellas de vino, champan y licor sobre el mármol, también una copa con dos rosas y una fuente de naranjas. Por el espejo sabemos que la camarera charla con un elegante caballero y al fondo están las mesas con la clientela sentada. Puedes buscar una lámpara de araña, una chica curioseando con unos prismáticos y los pies de un trapecista. Gracias al espejo vemos un campo visual de 360º.
El vestuario de la chica es muy rico en detalles, el ramito sobre el escote, la gargantilla con el camafeo, la levita abotonada, pendientes y brazalete y puños y escote con encajes.
El calificativo de impresionante se quedaría corto con esta obra maestra de Jan Van Eyck, pintor flamenco del siglo XV y verdadera obra estrella de esta pinacoteca londinense.
Los hermanos Van Eyck (Hubert y Jan) fueron grandes innovadores, por ejemplo utilizando por primera vez el óleo como técnica pictórica, un gran detallismo en los decorados, gran colorido y extraordinaria perspectiva.
En "Los esposos Arnolfini" van Eyck retrata a un acomodado matrimonio burgués del Flandes de la época posando ante nosotros. La escena aparentemente simple esconde algunas claves necesitadas de interpretación puesto que objetos vulgares son alegorías de virtudes.